9.05.2006

verano

Siempre que tiene oportunidad, Lourdes se acerca con precaución a arropar a Teresa. Los ojos de su madre se han desvencijado, como las repisas delatoras de una puerta que rechina cuando alguien quiere entrar a buscar la llave de otro cuarto. Teresa no tiene acceso. A veces, sin mediar argumento alguno, deja escapar algunas lágrimas que nadie nota, como si desde dentro, atrapada por los caprichos de su cuerpo, agitara con fuerza la celda de una condena que no parece llegar nunca. “Maldito Alzheimer”, piensa Lourdes, deformando el gesto, “mi madre te invitó a pasar por las buenas, y tu te quedaste a vivir a costa de su nevera”.

Los cabellos de Teresa han perdido todo color, igual que ella; e igual que ella siguen fijos, sin la menor intención de caer del cráneo. Se aferran al cuero como Teresa se aferra a la vida. “¿Qué piensas, mamá? ¿Qué fantasmas te tendrán atada de los pies?”. Lourdes humedece un paño y lo pasa por las manos de su madre. Teresa, con la boca entreabierta y los labios pálidos, insiste sus visiones exclusivas en silencio, como quien guarda un secreto fatal entre el paladar y la lengua. Obscurece. La hija enciende la luz.

“A veces puedo imaginar que para ti la luz no es luz, sino un cambio de escena; en este momento sales de la casa, y observas un amanecer hermoso que sólo tú puedes ver con claridad. Nosotros somos plantas; nosotros somos los inmóviles, quienes no estamos decorando el paisaje ni danzando con tu ritmo, los que recibimos en la boca la papilla. En tu mundo no hablamos, y nuestras voces son el mero susurro terco del viento suave que viene con olor a arándano; el tacto es apenas el calor del sol de verano, que se te cuela como Acapulco en el sesentaysiete. Podemos ser tu verano de fotografía, el verano donde, para siempre, habrá un niño suspendido en el aire con su pelota, una sonrisa espontánea que llama a gritos, cabellos negros que juegan insistentemente con un aire atrapado en nitrato de plata. Tan joven, madre… tan siempre joven. Y nosotros no podemos estar ahí para verte sonreir.”

Teresa, impávida, no observa, no se mueve, se mimetiza con el sueño eterno de sus días. Apenas sus dedos garabatean sobre la sábana blanca. Quizá en su verano está construyendo castillos de arena junto a Frank Sinatra, quizá se divierte con la espuma de la marea alta, quizá se despide lenta y gozosamente del último sol del año, con la felicidad ámbar que se siente al saber que mañana la playa será la misma, el sol será de nuevo el último, eternamente, en su verano particular.

Lourdes sale del cuarto. Para Teresa, la enredadera que ha cubierto las paredes de la memoria deja escapar un rayo de luz tenue. Apura la mirada y, al calor de su playa, de su eterna tarde soleada, de su encanto blancuzco de horizontes dilatados, logra asomar el ojo por la rendija improvisada. Observa a su niña llorando en otra playa, buscando a su madre sin encontrarla. Al tiempo que Lourdes embiste el último estirón para cerrar la puerta, Teresa, desencajada, susurra: “Aquí estoy, hija; te quiero”. Lourdes, anhelando la playa de su madre, no alcanza a escuchar a Teresa.