9.05.2006

espejo de agua

Imagina con terror el fin del mundo desde que su pie tocó por primera vez el suelo con firmeza. Cuando niña, Ángeles imaginaba una horda de rancheros a caballo cortando a machetazos el umbral de sus sueños de princesas. De adolescente, las bombas atómicas salpicaban de rojo-negro el ocaso de su vida justo antes de poder alcanzarla con las manos. De adulta, el final se convirtió en una parsimonia lúcida que se exprimía como limones en conserva. Ahora, con más de setenta años a cuestas, el final era un espejo de agua, infiel al ajuste tácito de la memoria. El rimel de sus ojos alargaba la mano cada vez más hacia la sien; los labios soltaban con mayor facilidad el color intenso del carmesí de antaño; su espalda se arqueaba, como buscando en los pasos por venir el olor discreto de la promesa incumplida. Sus manos se han arropado en un holgado saco de arrugas de mink, moteadas: una marca por cada victoria. Queda de Ángeles la sonrisa desmedida, la traición constante del espejo, y el pacto que hizo hace muchos años con el fin del mundo con la forma que tuviera.

Con la mirada clavada en el espejo, encendió un cigarrillo. A pesar de los años, Ángeles sigue siendo inamovible, entera. Me observa de rebote, y sus ojos tocan una neurona que sólo ella sabe encontrar.

- ¿Tú sabes cómo va a terminar el mundo, hijo?
- No, abue. A veces dudo que esto pueda terminar.

(Ángeles ríe un poco y luego mira preocupada, como quien ha descubierto la verdad de un presagio)

- El mundo no va a terminar en una gran explosión, ni en un lento óxido inaudible. El mundo va a morir de nosotros. De nuestra pesadumbre o nuestra gula. Va a terminar si terminamos nosotros, si nosotros lo terminamos. ¿Entiendes?

(Me busco en su espejo de agua y no me veo. Asumo que en ese reflejo sólo entran los reflejos emitidos por los recuerdos)

- Somos caníbales, hijo. Somos animales, somos bichos rastreros que se ocultan en el rastro baboso de un pasado incierto. Vamos recorriendo heces y plantas podridas y terrenos desiertos ufanándonos de la baba que hace brillar nuestra memoria descuadrada. Pero también somos hombres y mujeres, somos dueños. Con esa baba podemos hacer caminos y vidas y espejos. Siempre recuerda eso. Las cosas no son para siempre; pero, mientras son, pueden ser tuyas si sabes que puedes compartirlas. Siempre que sepas no juzgar eso, el mundo sigue. El mundo sigue si te lo comes en un gran banquete de amigos. El mundo sigue mientras creas que puede seguir.

Ángeles siguió maquillándose en el espejo. Su imagen, de pronto, era la misma de siempre: la tez blanca como una nube, los ojos radiantes, la sonrisa clavada en un corazón incierto. Ángeles no cambia, no ha cambiado nunca. Es sólo que, a veces, el espejo de agua la traiciona. A veces se le olvida que el fin del mundo tiene un pacto con sólo dos personas: Narciso y Ángeles.