9.05.2006

eran otros tiempos

Ricardo pareció encontrar un punto muerto del cual colgarse con la mirada, en medio del barullo del resto de la familia. Sus ojos, hundidos en el remanso de algún recuerdo hipnotizado, hinchados, apenas perceptibles entre las arrugas prominentes, fungían como salidas de emergencia. Eran otros tiempos. Lo peor de todo es no poder notar con la lucidez debida el rastro de orina que uno va dejando a rastras con el bastón; ser la cámara lenta imprecisa, el tambaleo delator, el esfuerzo diluido en las articulaciones morosas. Lo peor de todo es recordar, así, sentadito a la mesa silente, rodeado por rápidos movimientos que no se alcanzan a descifrar, las tardes de Durango. Eran otros tiempos. La vida entonces también se paseaba a cuentagotas detrás de la ventana, haciendo fiesta con las luces de un atardecer polvoso, duradero como la hinchazón leve de las manos al caminar.

¿Hace cuánto fue? ¿Era milnovecientostreintaycinco, treintayseis? Ricardo aprendió a zarandeos el devenir del tiempo, que cuando niño no se medía con agujas y engranes pequeños. Cuando chico, Ricardo medía el tiempo con pasos de vaca. “Dentro de dos mugidos saldrá mi padre a tomar el fresco y fumar; después de tres golpes de cencerro caerá el sol”. Pronto aprendió a colgarse del tiempo. Pasó su niñez entera cogido de la cola de una vaca distinta cada vez; así cruzaba el modesto riachuelo que dividía Santiago Papasquiaro; así, ondeando desde la cola del tiempo, Ricardo pasó sus primeros años, cruzando el río como quien transita sin mucha prisa por la vida. Así se dio de bruces un día con el ventanal de la casa grande de la capital, mientras su mano abandonaba una rosa con dedicatoria muda para Teresa. Eran otros tiempos: los tiempos en que el tiempo y sus minutos se contaban con pétalos de flor; tiempos en los que los tiempos se dejaban sin recados ni condiciones. Tiempos en que las calles de Durango se desdecían sin prisas ni sobresaltos.

Ricardo pertenecía a ese tiempo, y siempre había bailado a ese son. Estrechó compases con un devenir que le vino encima una tarde de huelga, cuando dejó que el ímpetu por recuperar las horas le quitara su trabajo de repartidor; guió los pasos de la desgracia al calor de los suaves acordes del robo de la tienda que administraba. El tiempo se desdobló inclemente sobre Ricardo, cubriéndolo de segundos dispuestos sobre más segundos, de horas que se medían con rigor. Eran otros tiempos, tiempos tardíos y sofocantes, que ataban a Ricardo a la parsimonia del pasado que se había encariñado con su estampa, condenándolo sin remedio a vivir un destiempo mutilado, un desfase acomedido entre lo que quería decir y lo que en realidad decía. Ricardo se volvió rápidamente una reliquia aparatosa, inquebrantable, dispuesta con elegancia sobre una mesa de caoba en el fondo del cuarto. Ricardo se volvió el conjunto de las frases divertidas, de los clásicos de antaño, de la ropa color sepia y las palabras en desuso que adornaban los libros de historia. Eran otros tiempos.

Cuando recordaba eso, la vida parecía un cinematógrafo descompuesto, un fonógrafo a destiempo. Las arrugas habían ocultado su tiempo: un tiempo de muchos tiempos en solsticio, de tiempos en fuga, de tiempos desteñidos por la imprecisión del recuerdo, de tiempos alcancía, de tiempos que Ricardo buscaba con ansia debajo de la alfombra percudida, de tiempos inclementes con granizo, de tiempos que ya no existían. De tiempos de ésos que eran otros tiempos.