9.05.2006

epitafio

El abuelo Pepe murió de lo mismo que todos morimos cuando nos llega el momento: de una sobredosis de vida. En el instante crucial, dio doble llave al cuarto, encendió un cigarro sentado en el sofá, y, durante algunos eufóricos instantes, vivió, así, sin ataduras. La inyección de vida corrió junto con la sangre, produciendo una arritmia crónica que atacó los nervios que controlan las ganas de seguir respondiendo a los sentidos. Murió en el instante, a causa de una vida desbocada y fulminante.

Yo era pequeño y no asistí al funeral. Sólo recuerdo a mi padre vestido de negro, portando un gesto atorado en el pescuezo. Nunca supe la historia del abuelo. Me gustaba recordar las pocas veces que lo vi, tocando a la puerta de mi casa, saludándome como viejos amigos. Tenía ojos azules y unas gafas muy grandes, a las que yo les atribuía una capacidad misteriosa para observar más allá de sí. Sólo así puedo explicar el hecho de que siempre pareciera ausente: Pepe tenía bastante trabajo intentando vivir dos vidas en paralelo, la del tacto y la del ojo.

Sus dos vidas se encontraron en el momento final. El desenlace era inevitable.

Su epitafio reza así:

“No se habla de los muertos, aunque ellos hablen de nosotros”.