9.05.2006

aguacate

Una noche de espanto, entraron a la casa tres asaltantes armados. La primera en escucharlos fue su esposa. En la oscuridad de la madrugada, las tres niñas debían haber despertado, y, respondiendo a la curiosidad natural de la infancia, seguramente estarían a punto de asomar las cabecitas por la puerta del pasillo. Gil no tuvo más remedio que ser un padre y salir a detenerlas. En la euforia del sobresalto, su esposa lo siguió, aferrándose a la puerta del cuarto en el momento en que sonó la descarga. Cayó muerta en el instante. Gil, custodiando la puerta de las niñas, recibió la segunda en la parte superior de la espalda, cayendo de bruces en un espasmo chillante. Al alba, en la casa de Gil quedaba sólo un montón de cuartos vacíos, el llanto atorado de las tres niñas, el cuerpo cubierto de su esposa y el silencio sepulcral que traza el dolor en el aire. Un olor a pólvora todavía rumiaba las paredes.

El resultado fue un hombre de cuarenta paralizado desde el pecho hasta los pies y hasta el alma, tres niñas huérfanas de madre y una familia extensa discutiendo el futuro del patrimonio, de la vida de las hijas, de la condición de Gil. Con las manos arañando la silla de ruedas, dio su veredicto final.

Gil pasa las tardes tomando el sol o el fresco en el jardín de atrás. Desde que sus niñas crecieron, la vida, dice, es más silenciosa. Imposible comparar el rumor de las risas adolescentes con las aves surcando el cielo. No es fácil hacer justicia a su comparación, dado que Gil mantiene la misma sonrisa de siempre a sus casi noventa años. Cuando la tarde es soleada, se rasca la calva, abre los ojos verdes como queriendo meter por ahí el sol, y dice: “¿Te has dado cuenta de lo maravilloso que es el sol? No en balde era una dios para los griegos”. Si el cielo se cubre de pesadas nubes de lluvia, se rasca la calva, abre los ojos verdes como queriendo meter por ahí las nubes, y dice: “¿Te has dado cuenta de lo maravillosa que es la lluvia? No en balde era una diosa para los aztecas”.

Tiene árboles de manzana, limón y aguacate. Cada tarde, mientras silba una canción de la época de oro, toma un fruto de cada árbol. Como si cada vez fuera la primera, examina cada rincón de la fruta, la huele, la degusta con curiosidad y encanto. “El aguacate es la mantequilla natural. Es maravilloso como dios pensó en todo, nos lo dio todo”.

Y siempre, si se le visita en el invierno o en el caluroso verano, si se le despierta de la siesta o se le distrae de la sobremesa, al preguntarle cómo está, responde exactamente lo mismo: “Maravillosamente bien”. Igual que el día que salió del hospital para descubrirse con la mitad del cuerpo a cuestas. “Ese día”, suele decir, “me sentía maravillosamente bien”.