sueño bolivariano
Creo hondamente en el sueño bolivariano: creo que América Latina puede ser una. Muchos amigos míos se odian un poco por el simple hecho de haber nacido en este continente “de sudacas”. Consideran que la mezcla racial y cultural de la colonia hizo un desastre de nuestra sociedad, de nuestras posibilidades de bienestar, y, francamente, de coolness. Les molesta no encontrar sólo gente de ojos claros en la calle; les angustia carecer de torres de Pisa y Eiffel; les obstruye el futuro estar rodeados de millones y millones de pobres enojados. Les invade incómodamente la trémula sensación de ser bastardos. Yo ya he dejado de discutir con ellos, pero no he dejado de creer que en nuestro Sur tenemos por delante un montón de posibilidades y de oportunidades. Sé que en el fondo sí somos un continente, con elementos distintos pero complementarios, con visiones particulares pero armónicas. Si de algo me enorgullezco, y se lo agradezco enormemente a mis abuelos, es de ser latinoamericano: porque sé que si en algo podemos ser uno, es precisamente en el hecho de que todos somos distintos.
Sin embargo, veo con tristeza que de nuevo el sueño se diluye en la duermevela. Veo una América Latina llena de rencores por saciarse: veo a Lula vuelto loco por una sociedad dividida, veo a Kischner pidiendo superpoderes al Congreso Argentino para volver a una dictadura, veo a Bachelet perdida en las contradicciones de la izquierda, a Uribe sometido por la guerrilla, a Evo jugando a ser historia, a la dupla Peje-Calderón haciendo migas, a Centroamérica entera rodeada por las maras, a Perú al borde de un colapso de ideologías. Pero sobre todo veo a Hugo dando vueltas por el mundo. Y me preocupa.
Chávez ha comprado armas a Rusia, ha abrazado efusivamente a su colega iraní, ha besado la bandera de Vietnam y ha expresado deseos por ser amigo de Corea del Norte. Ha propuesto al MERCOSUR volverse una Unión Bolivariana que comparta moneda: que comparta vías de sometimiento, que comparta el barco hacia la desgracia. Hugo, de nuevo, ha creído que el mejor camino es creer al pie de la letra lo de Martí, sacarle la lengua al Tío Sam, y voltear a admirar con orgullo las ruinas de una sociedad disuelta. Sobre todo, ha avivado los ánimos de la sociedad latinoamericana, y ha dejado en claro dónde están los malos. Ha abonado el odio.
De nuevo: la idea de ser una América latina es siempre estimulante, válida y cierta. Pero no así: no creyendo que la vía es someterse a una ideología irracional. No creyendo que nuestra única marca común es la injusticia, la explotación o la infamia. No alimentando la idea de que merecemos una justicia que se convierta en venganza. No, y definitivamente no, esperando que la ruptura violenta entre nosotros a través de revoluciones o alianzas mortíferas o idealismos rellenos de poder sea la vía para el entendimiento y el complemento de nuestras diferencias.
Es cierto: América Latina urge un cambio radical. El modelo económico no funciona, el sometimiento callado tampoco. Pero la historia ha demostrado que las armas, beligerantes o ideológicas, sólo llevan a otras ruinas más polvosas. La integración no supone la igualdad indiscutible, sino el diálogo de las diferencias, la repartición del conocimiento, la misma capacidad de apreciar las oportunidades. En suma: la unidad latinoamericana no supone una izquierda como castigo al poderoso, sino un humanismo que entienda nuestros potenciales y nuestras ventajas, que evidencia, como dice la colega, que nos hacemos mejores personas en la diferencia.
Sin embargo, veo con tristeza que de nuevo el sueño se diluye en la duermevela. Veo una América Latina llena de rencores por saciarse: veo a Lula vuelto loco por una sociedad dividida, veo a Kischner pidiendo superpoderes al Congreso Argentino para volver a una dictadura, veo a Bachelet perdida en las contradicciones de la izquierda, a Uribe sometido por la guerrilla, a Evo jugando a ser historia, a la dupla Peje-Calderón haciendo migas, a Centroamérica entera rodeada por las maras, a Perú al borde de un colapso de ideologías. Pero sobre todo veo a Hugo dando vueltas por el mundo. Y me preocupa.
Chávez ha comprado armas a Rusia, ha abrazado efusivamente a su colega iraní, ha besado la bandera de Vietnam y ha expresado deseos por ser amigo de Corea del Norte. Ha propuesto al MERCOSUR volverse una Unión Bolivariana que comparta moneda: que comparta vías de sometimiento, que comparta el barco hacia la desgracia. Hugo, de nuevo, ha creído que el mejor camino es creer al pie de la letra lo de Martí, sacarle la lengua al Tío Sam, y voltear a admirar con orgullo las ruinas de una sociedad disuelta. Sobre todo, ha avivado los ánimos de la sociedad latinoamericana, y ha dejado en claro dónde están los malos. Ha abonado el odio.
De nuevo: la idea de ser una América latina es siempre estimulante, válida y cierta. Pero no así: no creyendo que la vía es someterse a una ideología irracional. No creyendo que nuestra única marca común es la injusticia, la explotación o la infamia. No alimentando la idea de que merecemos una justicia que se convierta en venganza. No, y definitivamente no, esperando que la ruptura violenta entre nosotros a través de revoluciones o alianzas mortíferas o idealismos rellenos de poder sea la vía para el entendimiento y el complemento de nuestras diferencias.
Es cierto: América Latina urge un cambio radical. El modelo económico no funciona, el sometimiento callado tampoco. Pero la historia ha demostrado que las armas, beligerantes o ideológicas, sólo llevan a otras ruinas más polvosas. La integración no supone la igualdad indiscutible, sino el diálogo de las diferencias, la repartición del conocimiento, la misma capacidad de apreciar las oportunidades. En suma: la unidad latinoamericana no supone una izquierda como castigo al poderoso, sino un humanismo que entienda nuestros potenciales y nuestras ventajas, que evidencia, como dice la colega, que nos hacemos mejores personas en la diferencia.

2 Comments:
qué propones?
Y como lo señaló nuestro hermano Socialista Carlos Marx cuando se refería a Simón Bolívar, podemos parafrasear diciendo que nuestro Chávez es sin lugar a dudas el verdadero Soulouque.
Y Viva la revolución Bolivariana!
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