la lista de schindler
“La lista de Schindler“ fue una de mis películas favoritas hasta que tuve la edad para entender que la justicia también se traduce en poder: el que clama por justicia en el fondo urge venganza. Supongo que en 1947, cuando el holocausto estaba recién terminado, la idea de redondear el destino de la nación de Israel parecía no sólo válida, sino heroica y altamente simbólica. Lo fue: entregar arbitrariamente un territorio a una nación azotada por la historia era, de inicio, una idea llena de buenas intenciones; en el fondo era poco más que una bomba de tiempo. El mundo iba a reordenarse en virtud de una justicia histórica que, al final, significaría un montón de venganzas por consumarse.
No tengo absolutamente nada en contra de ningún judío. Muchos buenos amigos tienen esa religión, y ello los convierte en personas interesantes, porque yo desconozco muchos aspectos de su cultura, la cual es sumamente interesante y rica. No tengo nada en contra de la nación de Israel: me parece que su existencia enriquece a la humanidad. Lo que sí me revienta son los métodos que Israel (el país, el territorio) aplica para hacer valer el respeto histórico que una terrible matanza dejó en evidencia. No es que ya me haya aburrido de ver películas sobre el holocausto (lo cual sí es cierto), sino que no soy capaz de entender la irracionalidad de una matanza tan sangrienta.
No quiero decir que el mundo árabe sea ajeno de sus bemoles: es cierto que Hezbolá es una agrupación terrorista. Pero Hezbolá no es la totalidad de Líbano. Aquí hay que decir que también tengo muy buenos amigos de origen libanés, tan valiosos e inteligentes como los de origen judío, católico, indígena, o cualquier otro. Sin embargo, creo que las facciones más radicales del mundo árabe también han llevado muy lejos el problema con Israel. De cualquier forma, una guerra que no admite treguas (ni siquiera para la salida de extranjeros o para la protección de la población civil), que desnivela las bajas (600 del lado libanés contra 40 del lado israelí), que no entiende ninguna clase de razón, petición o protesta, me parece una terquedad bastante mortífera.
Sin embargo, y a pesar de que debo admitir que en el conflicto Líbano-Israel creo que el menos culpable es Líbano, mi indignación se debe mucho más al papel del tercer actor obligatorio: Estados Unidos. Basta dar una breve leída a la historia del conflicto en Medio Oriente para darse cuenta de dos cosas: primero, que es un menjurje de odios, traiciones y chaquetas mentales que al final buscan un atroz alivio; segundo, que la decisión más resolutiva de todas ha sido siempre la del Tío Sam, quien, por otra parte, no es muy fiel: a veces sonríe al mundo árabe, otras coquetea con Israel. Sé que en buena medida el conflicto no se ha resuelto por causa de la indecisión de Estados Unidos, quien poco ha hecho en realidad para que se depongan las armas. Sencillamente, hay demasiado en juego para el vecino del norte, ya sea el petróleo, ya sean los capitales judíos. ¿En algún momento seremos capaces de ver que el poder ceda a la concordia?
No tengo absolutamente nada en contra de ningún judío. Muchos buenos amigos tienen esa religión, y ello los convierte en personas interesantes, porque yo desconozco muchos aspectos de su cultura, la cual es sumamente interesante y rica. No tengo nada en contra de la nación de Israel: me parece que su existencia enriquece a la humanidad. Lo que sí me revienta son los métodos que Israel (el país, el territorio) aplica para hacer valer el respeto histórico que una terrible matanza dejó en evidencia. No es que ya me haya aburrido de ver películas sobre el holocausto (lo cual sí es cierto), sino que no soy capaz de entender la irracionalidad de una matanza tan sangrienta.
No quiero decir que el mundo árabe sea ajeno de sus bemoles: es cierto que Hezbolá es una agrupación terrorista. Pero Hezbolá no es la totalidad de Líbano. Aquí hay que decir que también tengo muy buenos amigos de origen libanés, tan valiosos e inteligentes como los de origen judío, católico, indígena, o cualquier otro. Sin embargo, creo que las facciones más radicales del mundo árabe también han llevado muy lejos el problema con Israel. De cualquier forma, una guerra que no admite treguas (ni siquiera para la salida de extranjeros o para la protección de la población civil), que desnivela las bajas (600 del lado libanés contra 40 del lado israelí), que no entiende ninguna clase de razón, petición o protesta, me parece una terquedad bastante mortífera.
Sin embargo, y a pesar de que debo admitir que en el conflicto Líbano-Israel creo que el menos culpable es Líbano, mi indignación se debe mucho más al papel del tercer actor obligatorio: Estados Unidos. Basta dar una breve leída a la historia del conflicto en Medio Oriente para darse cuenta de dos cosas: primero, que es un menjurje de odios, traiciones y chaquetas mentales que al final buscan un atroz alivio; segundo, que la decisión más resolutiva de todas ha sido siempre la del Tío Sam, quien, por otra parte, no es muy fiel: a veces sonríe al mundo árabe, otras coquetea con Israel. Sé que en buena medida el conflicto no se ha resuelto por causa de la indecisión de Estados Unidos, quien poco ha hecho en realidad para que se depongan las armas. Sencillamente, hay demasiado en juego para el vecino del norte, ya sea el petróleo, ya sean los capitales judíos. ¿En algún momento seremos capaces de ver que el poder ceda a la concordia?

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