chacra 6.5
Si dios me bendijo con un solo defecto, ése debe ser, sin duda, la sordera. Debido a eso me las he arreglado para omitir sistemáticamente los consejos de mi madre, quien, cada vez que las vacaciones se lo permitían, preocupada y colgada de una palmera, solía decirme con cierta regularidad que no corriera cerca de las albercas. Mi sordera debe haber nublado esos consejos, porque queda claro que yo no aprendí nada, y no bastándome con correr cerca de una alberca, tuve que ir a cometer el acto de más estúpido heroísmo borrachil, dar un brinco bastante desproporcional a mi tamaño, y, sin mediar el coeficiente de resistencia del agua, dar de bruces de la forma más estúpida contra el fondo (azul como la nostalgia) de la alberca más inocente que cualquiera pueda conocer.
Pero no es que uno tenga que culpar por completo a la sordera. El tremendo boquete craneal que corona mi cada vez más amplia frente no es mi primer encuentro con las alcancías sanguinolientas. La primera vez fui un poco más elegante, eso es cierto: por lo menos tuve la decencia de sangrar un poquito más, de ir al doctor, y de conservar para futuros chistes una cicatriz nada despreciable. Esta vez no. Esta vez lo que conseguí, indudablemente, fue el honor de pasar a las concurridas filas de la humanidad, especie que, por otra parte, se define por tener la virtud de tropezar con la misma piedra tantas veces le sea posible, y aún buscando las veces imposibles. Un ser humano promedio comete los mismos errores unas veinticinco veces antes de aprender algo. Yo voy en la segunda; pero no es para preocuparse, porque, afortunadamente, la zona lampiña de mi cabeza sigue creciendo, y con ella, la posibilidad de más boquetes, baches, y cicatrices delatoras. Así que albercas del mundo, cuídense, que ando buscando querreque. Way to go.
Lo que sí me preocupa es el lugar donde me golpeé esta vez. Vamos por partes: la vez pasada mi golpe anidó en el lóbulo derecho de mi cabeza, parte del cerebro encargada de no muchas cosas, quizá someramente del control de los impulsos, la coherencia y la capacidad de querer coches grandes. Esas virtudes, entre otras, las perdí con ese golpe, pero no lo lamento porque, estoy seguro, de alguna u otra forma las hubiera terminado vendiendo. El golpe de esta vez, por otra parte, retumbó muy cerca del lóbulo frontal. Esta parte del cerebro es la encargada del lenguaje, el raciocinio avanzado (o sea, el segundo sapiens del homo-sapiens-sapiens), el gusto musical, la capacidad de trazar mapas emocionales sobre la piel, las chaquetas mentales, la realización de vínculos entre el tipo de alcohol y su acompañante ideal, el amor y otras pavadas. Lo que quiero decir es que sin el lóbulo frontal yo sería poco menos que un simio. Y en vista de que la emigración capilar que padezco ya ha sentado los precedentes para que cualquier día empiece yo a comer bananas, tendrán que entender que la pérdida de mi lóbulo frontal me preocupa hondamente. Porque si el golpe no me hace convertirme en simio, la cicatriz me hará parecerme a Harry Potter, y eso, ESO, sí sería imperdonable. Pero sobre todo me asusta el asunto del lenguaje, porque si me vuelvo incapaz de hacer raciocinios lógicos, me volveré también incapaz de insertar correctamente las palabras "chinga-tu-madre" en las ocasiones que así lo requieran. Por ejemplo: piensen en Rod tomando café en Vips. Piensen en la mesera preguntando: "¿Están bien? ¿Se les ofrece alguna otra cosita?". La ocasión es obvia, y no hace falta ser un alburero profesional para darse cuenta de que sí, Rod debería querer otra cosa (*ejem*, Rod debería querer-que-la-mesera-pase-a-chingar-a-su-madre). Sin embargo, el tremendo putazo que me he acomodado en la mema seguramente me hará responder cosas estúpidas en dichas situaciones; seguramente terminaré respondiendo todo-muy-bien-muchas-gracias, sin mediar chiste y dejando al mundo sin un par de risas ocasionadas por el correcto aprovechamiento de la oportunidad de mandar a alguien a chingar a su madre nomás porque se oye cagado.
Yo estoy seguro de que este golpe también tiene que ver con el karma. No: no es que tenga que ver con "rollos kármicos" por aquello de que la bendita rajada parece mi tercer ojo o mi chacra 6.5. Es sencillo: cuando uno se ha comprado deliberadamente la manía de siempre brincar de cabeza a las albercas, tiene que llegar el momento de que la justicia divina de las albercas venga a cobrárselo. Es decir: el golpe que me he propinado, por un lado, podría tener que ver con una intención inconsciente (y muy poco elegante) que me orilla inevitablemente a hacerme daño de las formas más graciosas posibles. Recuerdo aquella vez que "accidentalmente" engrapé mi mano a una mesa, por ejemplo, o ésa otra en la que estampé mi auto contra otro estacionado, en una calle perfectamente vacía. Sí: en el asunto de los daños (a la nación, a la moral, a terceros, cerebrales), tengo el buen tino de hacer las cosas lo más públicas y estúpidas posibles. Como una mezcla entre Mr. Bean y Dr. Evil, que sería más o menos así: "Muajajá, voy a meter los huevos en la tostadora durante un programa del prime time si no me entregan veinte paquetitos de Panditas". Estúpido. Es completamente estúpido, sí, y es justo por eso que el tortazo que me acomodé lo tengo muy bien merecido. Se entiende: incluso la comedia se da a respetar, e incluso la comedia aborrece a los pendejasidiotos que quieren fingir.
Tampoco es para quejarse. Muchas de las mejores cosas han pasado gracias a que alguien se golpea. Si Newton no hubiese sido un huevotes retando al destino con su ocio, si no se hubiese sentido un poquito imbécil a la hora de recibir del árbol una manzana por zape, nos hubiésemos evitado el descaro que es la Ley de la Gravedad. Jamás hubiese tenido el coraje para declarar tal barbaridad. De tal suerte que confío en que este golpe puede generar cosas muy divertidas y hasta útiles. Por ejemplo: la frase "niño-no-corras-cerca-de-la-alberca" se ha comprobado con creces. Es posible que, si un día me inspiro, escriba la Ley de la Alberca, y me vuelva famoso y rico: un simio con el chacra 6.5 abierto, pero famoso y rico.
Sin desgracia no hay comedia y tampoco hay historias bonitas. No hay albures y no hay remedios, no hay nada. Por ejemplo, el chorro del Panqué. Eso podría ser una comedia muy divertida, que tendría que llamarse "Rápido y furioso: la venganza del pujido"; también podría ser un proverbio de Confucio: "No por mucho que aprietes la llave las cosas dejarán de fluir en chorro" (¡wong!); una historia de heroísmo: "Puja que te alcanzo", una telenovela: "Cagar sin barreras" y hasta un refrán: "no por mucho madrugar vas a dejar de chingar a tu madre". Con el golpe que alguien se de en la cabezota pasa lo mismo: títulos como "Drop-head-gorgeous", "Rock to the bottom", "Rajita de cloro". Las posibilidades son infinitas.
En fin. Con esto, cabe siempre dejar un consejo: a pesar de lo que digan las abuelas, y como pasa en el amor y en otras cosas, no, la cabeza no siempre tiene que ir primero. Opa.
Pero no es que uno tenga que culpar por completo a la sordera. El tremendo boquete craneal que corona mi cada vez más amplia frente no es mi primer encuentro con las alcancías sanguinolientas. La primera vez fui un poco más elegante, eso es cierto: por lo menos tuve la decencia de sangrar un poquito más, de ir al doctor, y de conservar para futuros chistes una cicatriz nada despreciable. Esta vez no. Esta vez lo que conseguí, indudablemente, fue el honor de pasar a las concurridas filas de la humanidad, especie que, por otra parte, se define por tener la virtud de tropezar con la misma piedra tantas veces le sea posible, y aún buscando las veces imposibles. Un ser humano promedio comete los mismos errores unas veinticinco veces antes de aprender algo. Yo voy en la segunda; pero no es para preocuparse, porque, afortunadamente, la zona lampiña de mi cabeza sigue creciendo, y con ella, la posibilidad de más boquetes, baches, y cicatrices delatoras. Así que albercas del mundo, cuídense, que ando buscando querreque. Way to go.
Lo que sí me preocupa es el lugar donde me golpeé esta vez. Vamos por partes: la vez pasada mi golpe anidó en el lóbulo derecho de mi cabeza, parte del cerebro encargada de no muchas cosas, quizá someramente del control de los impulsos, la coherencia y la capacidad de querer coches grandes. Esas virtudes, entre otras, las perdí con ese golpe, pero no lo lamento porque, estoy seguro, de alguna u otra forma las hubiera terminado vendiendo. El golpe de esta vez, por otra parte, retumbó muy cerca del lóbulo frontal. Esta parte del cerebro es la encargada del lenguaje, el raciocinio avanzado (o sea, el segundo sapiens del homo-sapiens-sapiens), el gusto musical, la capacidad de trazar mapas emocionales sobre la piel, las chaquetas mentales, la realización de vínculos entre el tipo de alcohol y su acompañante ideal, el amor y otras pavadas. Lo que quiero decir es que sin el lóbulo frontal yo sería poco menos que un simio. Y en vista de que la emigración capilar que padezco ya ha sentado los precedentes para que cualquier día empiece yo a comer bananas, tendrán que entender que la pérdida de mi lóbulo frontal me preocupa hondamente. Porque si el golpe no me hace convertirme en simio, la cicatriz me hará parecerme a Harry Potter, y eso, ESO, sí sería imperdonable. Pero sobre todo me asusta el asunto del lenguaje, porque si me vuelvo incapaz de hacer raciocinios lógicos, me volveré también incapaz de insertar correctamente las palabras "chinga-tu-madre" en las ocasiones que así lo requieran. Por ejemplo: piensen en Rod tomando café en Vips. Piensen en la mesera preguntando: "¿Están bien? ¿Se les ofrece alguna otra cosita?". La ocasión es obvia, y no hace falta ser un alburero profesional para darse cuenta de que sí, Rod debería querer otra cosa (*ejem*, Rod debería querer-que-la-mesera-pase-a-chingar-a-su-madre). Sin embargo, el tremendo putazo que me he acomodado en la mema seguramente me hará responder cosas estúpidas en dichas situaciones; seguramente terminaré respondiendo todo-muy-bien-muchas-gracias, sin mediar chiste y dejando al mundo sin un par de risas ocasionadas por el correcto aprovechamiento de la oportunidad de mandar a alguien a chingar a su madre nomás porque se oye cagado.
Yo estoy seguro de que este golpe también tiene que ver con el karma. No: no es que tenga que ver con "rollos kármicos" por aquello de que la bendita rajada parece mi tercer ojo o mi chacra 6.5. Es sencillo: cuando uno se ha comprado deliberadamente la manía de siempre brincar de cabeza a las albercas, tiene que llegar el momento de que la justicia divina de las albercas venga a cobrárselo. Es decir: el golpe que me he propinado, por un lado, podría tener que ver con una intención inconsciente (y muy poco elegante) que me orilla inevitablemente a hacerme daño de las formas más graciosas posibles. Recuerdo aquella vez que "accidentalmente" engrapé mi mano a una mesa, por ejemplo, o ésa otra en la que estampé mi auto contra otro estacionado, en una calle perfectamente vacía. Sí: en el asunto de los daños (a la nación, a la moral, a terceros, cerebrales), tengo el buen tino de hacer las cosas lo más públicas y estúpidas posibles. Como una mezcla entre Mr. Bean y Dr. Evil, que sería más o menos así: "Muajajá, voy a meter los huevos en la tostadora durante un programa del prime time si no me entregan veinte paquetitos de Panditas". Estúpido. Es completamente estúpido, sí, y es justo por eso que el tortazo que me acomodé lo tengo muy bien merecido. Se entiende: incluso la comedia se da a respetar, e incluso la comedia aborrece a los pendejasidiotos que quieren fingir.
Tampoco es para quejarse. Muchas de las mejores cosas han pasado gracias a que alguien se golpea. Si Newton no hubiese sido un huevotes retando al destino con su ocio, si no se hubiese sentido un poquito imbécil a la hora de recibir del árbol una manzana por zape, nos hubiésemos evitado el descaro que es la Ley de la Gravedad. Jamás hubiese tenido el coraje para declarar tal barbaridad. De tal suerte que confío en que este golpe puede generar cosas muy divertidas y hasta útiles. Por ejemplo: la frase "niño-no-corras-cerca-de-la-alberca" se ha comprobado con creces. Es posible que, si un día me inspiro, escriba la Ley de la Alberca, y me vuelva famoso y rico: un simio con el chacra 6.5 abierto, pero famoso y rico.
Sin desgracia no hay comedia y tampoco hay historias bonitas. No hay albures y no hay remedios, no hay nada. Por ejemplo, el chorro del Panqué. Eso podría ser una comedia muy divertida, que tendría que llamarse "Rápido y furioso: la venganza del pujido"; también podría ser un proverbio de Confucio: "No por mucho que aprietes la llave las cosas dejarán de fluir en chorro" (¡wong!); una historia de heroísmo: "Puja que te alcanzo", una telenovela: "Cagar sin barreras" y hasta un refrán: "no por mucho madrugar vas a dejar de chingar a tu madre". Con el golpe que alguien se de en la cabezota pasa lo mismo: títulos como "Drop-head-gorgeous", "Rock to the bottom", "Rajita de cloro". Las posibilidades son infinitas.
En fin. Con esto, cabe siempre dejar un consejo: a pesar de lo que digan las abuelas, y como pasa en el amor y en otras cosas, no, la cabeza no siempre tiene que ir primero. Opa.

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