las quecas de sope
La tiendita de la secundaria era algo muy parecido al stock market de Wall Street: lo único que podía verse antes de la mujer-cara-de-lunar que vendía a gritos toda clase de abarrotes comestibles, era un cielo de manos que clamaban por un poco de atención. Una de las mayores atrocidades de la tiendita, era que dentro de sus políticas no estaba la de hacer que los clientes formaran cola para comprar en orden. De tal forma que ir por un gansito era una experiencia para la cual uno debía prepararse tanto física como psicológicamente: los codazos, nalgadas y zapes estaban a la orden del día. A pesar de ello, los de primero de secundaria nos arriesgábamos. El lector pensará que cómo no, si los gansitos son tan buenos… La cosa es que lo que menos se vendía en esa miscelánea-cooperativa-a-la-marista eran los productos empacados. El Hit de la tiendita eran los comestibles que ahí mismo se preparaban: molletes, sincronizadas, y, sobre todo, quecas. Estos productos invadían con su aliento el ambiente completo: aún hoy puedo recordar con precisión ese olor, que no se puede dividir en olores que lo compongan. Ese olor era único, un Olor Primo® que no se puede encontrar ni en los más dudosos tacos del metro Hidalgo. El gag de estos comestibles (que eran tan deliciosos como apestosos) no era, sin embargo, su peculiar capacidad de hacer presencia olfativa. Uno de los chistes favoritos de los grandes era escupir sobre las quecas ingenuas que se asomaban por los barandales de los pisos más bajos. Recuerdo con asco y nostalgia esa vez que el buen amigo Cara de Pizza™ tuvo a mal asomar su queca bañada de salsa verde por la baranda. No hace falta describir lo que siguió. Digamos que los mocos, también, son verdes, y que uno no distingue entre ellos sino hasta que toda la lengua ha tenido la oportunidad de hacer la prueba de la textura.

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